El silbo, la manera de comunicarse de los aborígenes, y su encanto a raudales hacen de La Gomera, el lugar ideal para una escapadita de fin de semana.

 

Unos viajeros de otras tierras recorren una carretera secundaria en su coche. El mapa, de repente, se ha vuelto un misterio y no saben en qué pueblo de la isla se encuentran. "Perdona, pequeño, ¿dónde estamos?" El niño, que lleva un palo en una mano y una sombra en forma de perro peludo a sus pies, responde, mirando extrañado: "En La Gomera". Los extranjeros, muertos de risa, le piden que concrete un poco más. "Ahh, en Chipude", dice el muchachillo, pensando, seguramente: "¿Dónde van a estar?" Esta anécdota, que, como diría aquel, es verídica y además pasó de verdad, resume un poco el carácter del pueblo gomero, sin duda, lo mejor de la isla colombina, que no tiene ni un solo rincón que no valga la pena visitar.

 

Lo primero que viene a la cabeza cuando se piensa en La Gomera, además del silbo, es su pulmón de laurisilva: el Parque Nacional de Garajonay. La exuberancia de esta vegetación del Terciario es impactante. La humedad suspendida entre los brezos, las fayas y los barbuzanos le da un aspecto misterioso que hace disparar la imaginación. No tiene precio pasar por los túneles excavados en la piedra que destila gotas como si fuese la pila gigante de una casa canaria. El Parque está lleno de senderos deliciosos, silenciosos, en los que la naturaleza ha escrito su propia historia, una historia que poco o nada tiene que ver con la historia escrita por los aborígenes de la Isla.

 

Hay que perderse, plano en mano y bien pertrechado con agua abundante y un bocadillo al gusto. Pero hay otras cosas que se ofrece la isla, entre ellas, la gastronomía. Como plato fuerte, el almogrote, una crema a base de queso que se unta y se disfruta como aperitivo. La miel de palma, manjar que existe gracias a los guaraperos, tampoco hay que perdérsela.

 

La playa de Santiago es la opción para aquellos que no puedan vivir sin su ración de salitre y arena negra. "El espíritu gomero", como lo llaman muchos de los que vuelven cada año, impregna cada rincón. Es ese espíritu el que marca la tranquilidad con la que hablan sus habitantes, y la calma con la que viven y se mueven, pero también es ese mismo espíritu el que habita bajo las hojas de laurisilva en el Garajonay, el que aporta a todo el parque esa apariencia de territorio mágico, embrujado, que hechiza a los visitantes.